miércoles, 30 de septiembre de 2020

Confesiones- Labial







"Perdón, Padre, he pecado..."
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Toc, toc, toc.


El golpeteo con efusividad en la puerta resonó por la casa llevando el eco incesante hasta sus orificios auditivos.


Se colocó una camiseta blanca básica dejando de lado en la cama perfectamente hecha su camisa negra de mangas largas y el cuello clerical a un lado. Se dirigió al origen del sonido y abrió la puerta con lentitud razonando un momento.


La impaciencia de Sebastian siempre lo atormentaba. Era bastante energético y positivo, aunque a veces solía abrumarle, su forma descarada de ir a su casa en las mañanas por no encontrarlo en la iglesia a la hora que llegaba. Realmente le agradaba que llegara temprano a realizar las diferentes tareas, pero a veces solía ir solamente por ir y hablar. Y Sebastian hablaba demasiado. De cualquier cosa. Sin embargo, eso se debía a que sabia que Noah siempre iba a recibirlo de la mejor forma en su hogar y si llegaba lo suficientemente temprano desayunaban juntos. Porque siempre madrugaba, estaba acostumbrado a hacerlo.


Noah vivía en una pequeña casa que se encontraba a un costado de la iglesia, estaba en el mismo terreno y era dada al sacerdote que de encontraba de estancia a el. Aunque contaba con dos habitaciones, dando la alternativa de que el sacristán podía vivir ahí. Pero ahora mismo, Sebastian tenía su propia casa en el pueblo. Entonces no era necesario y agradeció esa paz. Era sencilla, de una planta con tejas oscuras y paredes de madera. Tenía lo necesario para vivir ahí de forma acogedora. Aunque el mismo no era exigente. Vivir de esta forma humilde le satisfacía. Le gustaba su vida como era, a fin de cuentas, era la vida que el señor había decidido para él.


La puerta se abrió una tercera parte cuando Noah detuvo el avanzar de la madera abruptamente.


―Buenos días, Noah. Te he traído un...― La voz aguda se detuvo mientras lo observaba de pies a cabeza sin descaro aparente.


Noah torció la boca casi imperceptiblemente. Se arrepintió de haberse quejado de la insistencia de Sebastian. Su corazón dio un brinco muy ligero al verla de pie ahí, con el cabello suelto, un pantalón negro resultando sus caderas y a juego una blusa de tirantes roja, que iba perfectamente con el color de su cabello. Y como la cereza del pastel un llamativo labial rojo, resaltando las curvas de sus labios y llenando de vida su rostro con ese leve maquillaje. Quiso suspirar, pero se contuvo.


― ¿Qué necesitas? ― Se le salió sin pensar en nada más que tener esa presencia dominante enfrente.


―Que cordialidad, aunque creo que como no has entrado en tú papel, esta viene sobrando. ―Ella sonrió divertida al verlo tan...civil.


Linnette estaba tan satisfecha de haber venido tan temprano a su casa. Y vaya que no le había resultado sencillo. Tuvo que planear las cosas de forma exacta para que tuviera una justificación. Por que Noah Rusbell no era imbécil. Podía adivinar que estaba oliendo sus pasos, él tenia una sobresaliente inteligencia oculta en ese hábito innecesario. Y Linnette aún no quería eso, quería pasar desapercibida hasta que no haya ruta de escape.


Y ahí estaba con aquella playera blanca que dejaba ver su cuerpo varonil haciendo juego con aquel pantalón de vestir negro. Linnette suspiro al verlo tan...hombre. Fue traída a la realidad.


―Mi servicio al señor no es un papel―La miró confundido ante esas palabras. ―Es un estilo de vida. ―La vio desechar la idea con cordialidad. ― ¿Qué necesitas Linnette? Estaba por ir a la iglesia...


―Oh perfecto, te espero.


Le dio el vaso de café que tenia en las manos e ingresó a la casa del sacerdote como si hubiera sido invitada. Noah retrocedió cuando ella buscó ingresar en vista de que el cuerpo femenino invadió por completo su espacio personal. Retrocedió para que no pudieran hacer contado. Sin embargo, ella posiblemente pudo entenderlo como una invitación.


Grave error.


Noah se atribuyó eso, como su culpa. Ella había malinterpretado sus acciones. Tenten solía ser bastante...inocente. Decía lo que pensaba o actuaba sin reservas. Algo que le sorprendía hoy en día, ya que mucha gente solía reprimirse.
Él mismo era bastante reservado con su sentir y pensar.


Sin embargo, el que ella fuese tan abierta, podría hacer que la gente la malinterpretara. Por eso Noah siempre analizaba sus comportamientos y palabras con detenimiento. Y descartaba sus primeras ideas, por que el siendo un servidor del señor no podía juzgar, debía creer en cada una de las personas.


Por que la fe y la entrega al señor guiaba a cada uno de los hijos del cielo.
Y a pesar de todo eso, de creer en las buenas intenciones, Noah se sentía intranquilo. Por estar ahí, con ella. Solos. Pero desechó la idea con rapidez y decidió alistarse con rapidez para salir de ahí, y poder realizar sus labores.


Noah Rusbell no podía estar mas equivocado, al pensar en las buenas intenciones de Linnette. Ella no tenía ninguna buena intención. Ella tenia un fin, un objetivo, un anhelo. Y lo demás podía irse al mismísimo infierno.


El sacerdote dejó ligeramente abierta la puerta de la casa, dando por hecho de que solo se tomarían un par de minutos. Se dio la vuelta dando un largo trago a la bebida. La observó de pie en medio de la sala, escaneando toda la casa con toda curiosidad mientras tomaba de su propio café.


― ¿Alguna razón para venir a esta hora?


Linnette dio la vuelta sonriendo y levantó el vaso de café.


―Pensé que lo necesitarías, no has descansado como deberías. ― Dejó el vaso en la mesa que estaba a un lado de la pequeña sala. ―Además ¿recuerdas al viejo John? El que tiene la tienda de muebles en los limites de la colonia.


Noah asintió mientras dejaba su vaso a un lado del de ella, visualizando a la mujer enfrente suyo. El hecho de que fuese a tratar un tema en particular lo tranquilizaba, podía desechar ideas que muy en su interior habían surgido. Se dirigió a su habitación tomando su camisa negra y metiendo cada uno de los brazos en ella, mientras se acercaba a la mujer que seguía en su mismo sitio.


La castaña se acercó levemente mirando a un punto tras de él. Luego lo visualizó con una sonrisa grande en el rostro.


― ¡He conseguido que done algunas canastas de alimento para la casa hogar!


Noah dejó de arreglar el cuello de su camisa y la observó con la ceja levantada. Dudó de la veracidad de las palabras de la castaña. Ese hombre era poco...por no decir nada, creyente de la iglesia y del señor mismo. Cuando iniciaron las colectas unos cinco años atrás él en cada una de las ocasiones se negó sin rodeos. Dejando en claro que no podían importarle menos esas cosas. Por eso, al estar ella aquí, diciendo una cosa tan disparatada lo sacó de sí mismo.


― ¿Lo dices en serio?


Linnette se acercó al padre con unos largos pasos, quedando a una corta distancia. El reaccionó cuando ya la tenía de frente, e intentó dar un paso atrás, aunque chocó levemente con la mesa de madera donde solía comer. Su corazón dio un brinco cuando levantó la mirada por la sorpresa de dicha donación, pero encontró aquellos orbes avellana a una corta distancia. Vio como acercaba sus manos y tragó levemente.


Linnette tenía un huracán en su interior, acomodo su cuello con suma lentitud. Sus manos picaban al tenerlas tan cerca del hombre. Con la parte trasera de su mano rozó levemente su cuello en la acción y sonrió internamente al descubrir que, a pesar de su Dios, sus creencias y convicciones, lo ponía nervioso.


― Yo jamás mentiría. ― Sonrió mientras proseguía a abotonar su camisa con lentitud.


El clerigo permaneció de piedra en esos momentos, mientras intentaba liberar a su propia mente de una neblina que lo llenó de pronto. Sin esperarlo él desechó las manos femeninas, apartándolas de forma determinante, dejándolas fuera de su cuerpo. Frustrado por no haber reaccionado con tiempo. La vio fruncir el ceño ante esa acción. Se alejó de ella terminando de abrochar los botones y poner su debida distancia, una considerable. La observó quedarse en su sitio mientras analizaba algo por la forma en que su mirada se perdió.


―Hablé con él ― Prosiguió con el tema como si no hubiera pasado nada, ―Decidí abordarlo hace un rato, mientras barría la entrada de la tienda. Le indiqué la importancia de su donación...― Se detuvo dudando recordando que le había mencionado que la haría muy feliz, consiguiendo de esta forma y con ayuda de su enchanting aquella donación. ― Y que podría ser su buena acción del año.


Noah tomó su vaso de café sobre la mesa, pasando a un costado de ella e indicándole con una mirada que era hora de salir. Ella tomó el otro vaso sonriendo más de la cuenta y salieron de la casa. Él cerró debidamente mientras se dirigían a la parroquia en ese corto camino que la separaba de la casa.


― Es bueno saberlo, lo agregaré en el registro. ― La miró una vez llegaron a la puerta, encontrando que en la entrada principal estaba Sebastian ya barriendo las hojas. Los saludó con la mano. ― Gracias por eso.


Ella simplemente le guiñó el ojo, cosa que el decidió tomar como algo sencillo, sin implicación y, sobre todo, de forma amable.


― ¿Qué necesitas que haga hoy?


Noah caminaba hacia su oficina siendo seguido por la castaña, cosa que de alguna forma lo irritó. Era bastante...intensa. Necesitaba descansar un poco su mente de ella y su presencia inevitable de ignorar. Agradecía realmente que los estuviera ayudando en esa tarea grande ya que había resultado menos pesado todo el esfuerzo. Pero su presencia lo distraía bastante, más cuando parecía esforzarse en acercarse o tomarse libertades que no debería hacer, queriendo creer que sin intenciones más que de ayudar.


―El domingo es el evento y aún no se que harán con la comida, ¿podrías encargarte de eso? La encargada es Jannet, vive a unas cuadras de acá.


Linnette simplemente asintió dándole una sonrisa mientras él ingresaba a su oficina cerrándola tras de él, mientras Linnette no pudo evitar hacer una mueca. Se llevó el café a su boca y sonrió al notar algo en él. Salió de ahí, a cumplir con su tarea asignada.


Noah se dejó caer en su silla cubriendo sus ojos con las manos, intentando desechar la escena en su casa. Debía asegurarse de quien era antes de abrir la puerta. No es como que el fuese a negar la entrada de nadie, por que su deber era ayudar y guiar a los hijos del señor que iban en su búsqueda en sus momentos más frágiles y cuando necesitaban una guía. Pero no sentía que ella realmente necesitara una. Era bastante segura de si misma y se arrepentía de sus actos de antes, actos que él mismo se sorprendía que una mujer tan joven pudiera haber hecho, aunque él no era nadie para juzgar.


Distraído de sus propios pensamientos se llevó el café a los labios terminando con el líquido del contenedor. Cuando la ultima gota cayó a su lengua y deposito el vaso en la mesa decidió que era justo terminar de armar los preparativos de las confirmaciones que se venían. Fue ahí que lo vio.


Labial rojo en el borde del vaso.


Se levantó de su silla con rapidez dirigiéndose a un espejo que había en su oficina para cuando tenía que alistarse para ofrecer misa. Vio entonces restos leves de labial en sus propios labios y sintió un estremecimiento en su cuerpo. Su mirada se fijó en ese labial en su boca, rojo intenso, incandescente. Sentía un fuego en esa área que pronto inundó su cuerpo. Escuchó latidos en sus orejas.


La puerta se abrió de golpe, Noah sin pensarlo pasó su manga por los labios borrando toda evidencia. Por el reflejo vio a la culpable de tan incomodo momento de pie en la entrada.


―Olvidé decirte algo, ya que no creo verlo de nuevo hoy. ― Se adentró a la oficina poniéndose enfrente suyo. ― Rita me dijo que te invitara a comer a su casa, mañana.
El titubeó ante esa invitación pensando en como podía rechazar algo de esa índole. Sin notarlo frunció el ceño, acción que alertó a la castaña.


―Ni se te ocurra rechazarlo, Rita me ha advertido sobre tu preferencia a negarte a las invitaciones. Así que te veremos mañana a las 6, y no tienes excusa alguna por que se cómo va tu trabajo en cuando a la caridad. Y por supuesto mañana hay celebración en la tarde.


Él simplemente asintió al verse descubierto, porque Noah no solía ser invitado a cenar a los hogares de los miembros de la comunidad, era más pertinente decir que él no solía aceptar con frecuencia. Había ido un par de veces, pero no era una persona tan abierta ni sociable para aceptar cada una de las invitaciones en agradecimiento que le hacían.


Linnette desvió su mirada hacia su escritorio observando algo que generó una sonrisa en sus labios y sin más salió de la oficina, dirigiendo una mirada significativa al párroco antes de desaparecer.


Noah Rusbell simplemente volvió a mirarse al espejo comprobando que no había rastros del labial y se dejó caer en la silla, dejando salir un suspiro. Ya estaban a días para el evento y luego de eso, no tendría que relacionarse más con esa mujer que lo mantenía alerta en todo momento. Solo debía aguantar un poco más.


Aunque Noah no podía ni imaginar que había sido marcado como propiedad de la castaña.








"Perdóname padre, porque he manchado a uno de tus ciervos más fieles con mi sangre...y no me arrepiento."

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