lunes, 7 de septiembre de 2020

Confesión II. Codicia.

 






Lo vio ingresar en el sitio de alado, jugueteó con sus manos mientras esperaba el tiempo suficiente, fijó su atención en él.

― Padre, no puedo evitarlo.

El sacerdote la observó detenidamente indicando que procediera, una ligera ola de nerviosismo lo invadió. Ella jugueteó con su cabello que descendía suelto por sus hombros.

―He codiciado, es inevitable, yo lo necesito.

El sacerdote apretó los labios ligeramente, ciertamente relajado. Observó los labios femeninos, carnosos y que ella mordía por el nerviosismo.

―Ningún bien material es necesario, solo debes resistir y pensar en tu señor cuando....

Ella negó con fuerza, intentando controlar sus ganas de gritarle en ese momento.

―Yo codicio a un hombre que...le pertenece a alguien más.

Linnette levantó la mirada que tenía fija en el suelo por la vergüenza y sus ojos hicieron contacto con los de él. El masculino dejó de respirar al sentir la intensidad de aquella mirada y su músculo cardíaco retumbó tan fuerte que juró que ella pudo escucharlo.

Cosa que sabía que Linnette disfrutaría en demasía.


   




Era mediados de año cuando Linnette descubrió por los afiches pegados en la calle y por la misma boca de la vieja Rita que en estas fechas se organizaba un evento de caridad por parte de la iglesia para recaudar fondos para un albergue que se encontraba en otra ciudad. Se subastaban utensilios que la gente brindaba, había venta de comida, de ropa y un centro de donación. Al parecer era un gran evento en el cual participaba todo el pueblo. Había gente que se encargaba de cada área y el mismo padre coordinaba a todos.

Un trabajo bastante pesado, por lo cual la gente del pueblo, demasiado amable, se ofrecía sin más. Por un bien mayor.

A Linnette no podría interesarle menos el bien común, sus ojos estaban fijos en un solo objetivo. Noah no estaba muy seguido en su oficina por todo este ajetreo por lo cual ella se vio en la necesidad de buscar otras formas. Por lo cual tuvo que adentrarse a ese evento, específicamente a recibir las cosas que se subastarían. Algo sencillo, pero bastante conveniente ya que esa lista debía pasar por manos del padre para verificar que se subastaba o si podría simplemente donarse. De igual forma la fémina dejó en claro tanto a Noah como al sacristán que ayudaría en cualquier cosa, siendo la hora que sea, por que su deber social era más fuerte que el de cualquiera.

Al inicio Noah simplemente se opuso, aunque Sebastían, el sacristán,  lo convenció de que una mano más para la organización de todo no vendría mal, ya que el padre siempre pensaba que podía él solo con todo. Así que para malestar de Noah, Linnette merodiaba bastante en la iglesia, específicamente en la oficina principal.

Noah odiaba que Linnette estuviera ahí, sentada enfrente suyo, con aquella trenza que bajaba hasta la mitad de su espalda y dejando en plena vista la piel bronceada de su cuello y aquel ligero escote. El Rusbell específicamente le había dicho que no era permitido ese tipo de vestimenta. Aunque claro, él se refería específicamente a aquel vestido que moldeaba su cuerpo. Una blusa sencilla y un pantalón sin más no iba en contra de cualquier cosa. Las demás mujeres usaban ese tipo de ropa al asistir a la celebración del fin de semana, así que no podía decirle algo al respecto a la castaña, frustrado se preguntaba por que con ella era diferente.

―Noah, he terminado con la lista de los artículos donados. ― Habló con ese tono de voz agudo y suave. ― ¿Quieres un té? ― El asintió, necesitaba relajarse.

Linnette salió de la oficina sin más perdiéndose entre los pasillos, intentando buscar al sacristán. Se sentía realmente frustrada ya que llevaba ahí ¿dos meses? Y lo único que había logrado es tocarle las manos de vez en cuando. Odiaba tanto que Noah se opusiera de tal forma. Y es que ella jamás tuvo que intentarlo, realmente Linnette solo esperaba que los hombres se acercaran a ella tiempo atrás. Ahora debía realmente esforzarse siquiera para estar un poco de tiempo a su lado y eso la frustraba tanto. Debía tomar medidas más extremas.

Ingresó con el té a la oficina encontrando al sacerdote en la misma posición, revisando la lista que momentos antes le había dado. Se acercó hacía él y depositó la taza enfrente suyo, deteniéndose a medio camino, observándolo y sonriéndole ligeramente. Noah la observó en respuesta. Se quedó ahí, unos segundos, hasta que vio al padre revolverse en su sitio.

―Puedes retirarte una vez termines el té Linnette, hemos terminado por hoy. ― Se tocó el cuello y lo giró levemente.

Esa acción no pasó desapercibida para la mujer que sonrió al ver esto. Tal vez, luego de esperar tanto tiempo, podría llevarse algo bueno de todo esto.

Noah suspiró levemente antes de tomar el primer sorbo de su té. Realmente esperaba que esto pudiera tranquilizarlo ya que todo lo referente a la caridad, y a la presencia tan constante de esa mujer lo mantenían en extremo estresado. Por que Linnette tenía ese algo, era una mujer que podría hacer pecar al hombre más santo. Sus movimientos delicados, su aire femenino frotando con fuerza y esa esencia que la hacia destacar de entre una multitud.

Cualquier otro hombre santo, él no, porque él estaba a otro nivel, tenía un título y sus ojos junto con su fe estaba solamente para su Dios.

Y aunque a veces Linnette tenía comportamientos...un poco inadecuados, Noah creía, como buen sacerdote que ve siempre el lado bueno de las personas, que ella no se daba cuenta de eso, del efecto que causaba en los hombres.

Aunque odiara admitirlo en algunas ocasiones, cuando Noah  estaba más vulnerable por diferentes cuestiones, era bastante consciente de su presencia. Aunque la fuerza de su voluntad era más dominante y en esas ocasiones simplemente tomaba su distancia, mandándola a casa, como ahora. Necesitaba un poco de tiempo para él mismo y relajarse, ya mientras más se acercaba la fecha del evento, todo se volvía aún más pesado. Sus hombros y cuello punzaban sin tregua recordándole los pendientes que tenía.

―¿Seguro que no quieres que te ayude en algo más, Noah?. ― No le agradaba que le dijera su nombre y aunque varias veces le había pedido que lo evitará, Linnette seguía haciéndolo con cierta malicia, imponiéndose a sus peticiones. Aunque Noah mismo la llamaba por su nombre de igual forma, simplemente había surgido.

―Si, la caridad es dentro de una semana, esta casi todo listo, la lista de las donaciones ya quedó. Ya no es necesario que sigas viniendo.

En respuesta la mujer simplemente soltó una ligera risa que hizo eco en la habitación y tomó un ligero sorbo de su taza sin despegar la vista del sacerdote enfrente suyo. Le resultaba gracioso que él pensará que ella tomaría su distancia, no sin antes obtener algo a cambio. Por que todo esto no era gratis, ella necesitaba un poco de él.

Noah no entendía lo malditamente complicado que era contenerse. Las arrolladoras ganas que tenía de acortar el enorme espacio que los separaba para simplemente tomarlo y hacerlo suyo en ese momento. Porque sabía que, aunque Noah se oponía con fuerza a su enchanting, un beso sería suficiente para que, aunque quisiera oponerse, quisiera más de ella. Por que las fatha eran irresistibles. Había escuchado de humanos que se habían suicidado porque algunas de su especie se habían aburrido de ellos y los habían dejado.

No podía negar que Noah le atraía bastante, tanto que dolía no poder tocarlo y más cuando lo tenía especialmente cerca. Lo codiciaba tanto, aunque el estúpidamente profesaba que su fe, su destino y no sabía cuanta mierda estaban en manos de Dios. Noah decía que le pertenecía a un ente que no existía. Vaya absurda competencia que tenía. Y le resultaba más irresistible al imaginar que era totalmente...puro.

Eso sacudía las entrañas de Linnette cada que lo pensaba y la hacía relamerse sus labios al imaginar lo que sería probar aquella esencia antes que cualquier otra. Pero por respeto a sus creencias había decidido hacer las cosas de una forma...lenta, a la manera que Noah quería. Era algo que iba a disfrutar de forma lenta y hasta la ultima gota.

Regresó en si al ver a Noah dejar la taza en el escritorio y girar discretamente de nuevo su cuello. Sonrió con la taza en los labios y se levantó sin más.

―Pienso que hay una cosa que podría hacer para ayudarte.

Noah centró su atención en Linnette un poco confundido al respecto. La vio levantarse con elegancia de su asiento y acercarse a su posición. Cuestión que lo puso a la defensiva. Su forma de acercarse a su persona sin reservas, vergüenza o respeto lo alteraba mínimanente. Linnette se paro a sus espaldas, intentó voltearse aunque sus reflejos fueron lentos. Podía sentir su presencia.

―Debes estar bastante tenso por todo este asunto del evento de caridad. ― Ella se inclinó levemente y puso sus manos en los hombros del sacerdote.

Una corriente eléctrica sacudió ambos cuerpos, estremeciéndolos hasta la espina dorsal.

―Espera que...― Intentó levantarse de su asiento, aunque su acción fue interrumpida por Linnette, pegándose más por la espalda y sujetando sus brazos a la silla.

―Vamos Noah, simplemente es un masaje que te ayudará a rendir más para mañana. Ese dolor simplemente se intensificará hasta que sea insoportable. Es mejor solucionarlo ahora. ― Se alejó posicionando de nuevo sus manos en sus hombros. Aunque se acercó a la oreja masculina― No haré nada malo, a menos que tú lo quieras. ― Susurró acariciando con su aliento la oreja ajena.

Lo sintió estremecerse con violencia, cosa que la hizo sonreír satisfecha. El cuerpo jamás podía mentir sobre que es lo que más deseas.

Aplicó fuerza en los músculos de los hombros, generando un quejido por parte de Noah, siguió presionando en todo lo largo de los hombros y parte del cuello. Sintió como poco a poco el padre comenzó a ceder y disfrutar lo que ella le hacía. Eso desató un fuego interior en el cuerpo de Linnette. Veía la amplia espalda masculina ceder ante sus toques. Mordía levemente sus labios mientras se recordaba que debía evitar hacer algo indebido.

Miró como pudo la cara del hombre. Tan impenetrable como siempre. A veces no entendía como él mismo podía controlarse a cualquier impura acción, debía ser un martirio o tal vez el no tenía ese tipo de reacciones. Ya que tenía ese voto de castidad no le sorprendía.  Noah Rusbell no había disfrutado realmente de los placeres de la vida.

Sus manos se deslizaron por su cuello apretando meramente en los puntos correctos y subiendo por su cabeza hasta alcanzar las sienes que masajeó con delicadeza. Sintió la textura de la piel de su rostro y evitó soltar un suspiro ante el mar de emociones que le causaba el por fin lograr a tocarlo más que un maldito roce de manos en el confesionario.

Su piel era tal cual como porcelana, como había imaginado y había concluido de una exhaustiva observación al tenerlo cerca en los momentos que Linnette misma había forzado a que pasaran. Se acercó de forma discreta a Noah mientras aspiraba su ligero aroma que normalmente se perdía por ese olor a incienso que albergaba el recinto. Nublada ante el hecho de haber llegado a tal punto una de sus manos descendió hasta alcanzar y rozar con la yema de sus dedos los labios masculinos.
Solo aquel ente al cual él le rezaba y juraba que existía podía saber cuanto estaba costándole contenerse en ese momento.

Noah abrió los ojos al no sentir el contacto de las manos en sus hombros, encontrándola casí encima suyo, observándolo de forma intensa y deseosa que era bastante evidente en su rostro. Tragó saliva levemente, su cuerpo por alguna razón no podía reaccionar y más al sentir el aliento de la mujer acariciando su rostro. Sus propios ideales gritando que debería alejarse de aquella mujer impura, que todo esto era incorrecto y que esto había sido la peor idea que había aceptado.

Pero si esto era tan malo, deplorable y que iba en contra de cualquier cosa que profesara ¿Por qué su cuerpo en vez de repeler tal acción le incitaba a mantenerse quieto y esperar lo inevitable?

Abrió los labios escuchando los fuertes latidos de su corazón en las orejas cuando el aliento contrario se adentró en su organismos y aquellos labios carnosos estaban por rozar los suyos.

Un ligero toque en la puerta hizo que el tiempo que se había detenido avanzara de forma rápida. Sebastian adentró la cabeza a la oficina encontrándose a aquella castaña bastante atractiva y que se había ofrecido por sus buenas intenciones a ayudarlos en todo este evento recogiendo la taza del escritorio enfrente del sacerdote de la iglesia. Sonrió cuando la castaña le sonrió en respuesta.

―Padre las juntas para la comunión ya van a empezar, recordé que usted suele perder la noción del tiempo en estas fechas. Los padres están esperando.

Noah simplemente asintió mientras veía de reojo a la castaña recogiendo su propia taza y proseguía a guardas las cosas en una bolsa que solía llevar con ella. Sebastian dejó levemente abierta la puerta al retirarse y Linnette simplemente miró a Noah con una ligera sonrisa.

―Lo veo mañana para ayudar en todo lo que pueda, hasta luego. ―Salió de ahí sin mas, maldiciendo con gran fuerza a ese maldito sacristán, a Dios por no permitir eso y al destino cruel que se aferraba a que fuese lento.

Aunque en cierta forma algo bueno había salido de todo eso. Noah no se había opuesto a su cercanía y hasta la había aceptado con total libertad. Posiblemente había sido cuestión de suerte o Linnette había acertado en la forma de acercarse a él, disfrazado de amabilidad todo era aceptado.

Noah sacudió levemente la cabeza cuando la puerta se cerró tras la mujer y apretó con fuerza sus sienes. ¿Qué había sucedido? Nada, absolutamente nada se repitió con fuerza. Linnette solamente se había ofrecido a relajarlo y le había dado un masaje, eso fue todo. No debía hacerse ideas equivocadas en la cabeza, él solamente veía hechos, realidades. No había sucedido nada.

Entonces, ¿Por qué sus palabras resultaban falsas en su cabeza?


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